
Cuando los fabricantes se sientan a pensar, es muy importante que se acuñe un palabro de un inglés macarrónico y que se entremezclen mayúsculas con minúsculas en todo lo que salga de la reunión.
Tenemos al que vende unas algas que curan el cáncer en dos días y te dan la vida eterna, al que imparte un curso para que tu teléfono móvil gane dinero por ti mientras duermes, al que anuncia la llegada de un programa informático que permitirá que despidas a toda la plantilla y el trabajo de la empresa salga a chorrones… Son las panaceas; habían caído en el olvido a finales del siglo XVIII y regresan con un ejército de apóstoles que gritan con un estruendo horrísono. Todo el gremio de los saludadores y milagreros abogan por un discurso huero y risible, y están ahí, remetidos en cualquier rincón de una pantalla a todas horas como los vendedores de filtros mágicos, los taumaturgos, los alquimistas y los echadores de cartas se paseaban por los mercados municipales siglos antes de la invención de la bombilla. La estupidez es, posiblemente, el negocio más lucrativo y más antiguo.
Panaceas automovilísticas ya hemos visto unas cuantas, sobre todo los que estamos más historiados y acumulamos mucha trastienda. ¿Alguien sabe lo que es una jitánfora?. ¿Alguien se acuerda de una cancioncilla que se podría usar como método de tortura y que repetía «aserejé»?. ¿O del «obla-di-obla-da» de los Beatles? Pues eso es una jitánfora; una concatenación de letras, o de letras
mezcladas con números, que no significa absolutamente nada. Lo importante de la jitánfora es la vistosidad de sus grafías y su resonancia. La jitánfora es un espejismo lingüístico; parece que ahí hay algo, pero no hay nada. «Aserejé» no significa nada, «obla-di-obla-da» tampoco.
Los de Renault han señoreado la técnica. Tuvieron su «JASP», luego su «Renaulution» y ahora su «FutuREady». Las últimas semanas hemos recibido epístolas larguísimas, con una jitánfora por título y bien empaquetadas de panaceas.
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