Prueba: Chevrolet Trax LT 130 CV diesel AWD


En plena efervescencia de los mini SUV, ¿un Chevrolet puede ganarle la mano a un Juke? Ésta es la historia de un Chevrolet Trax blanco…

Pulgares arriba y pulgares abajo

Cuando miro los iconos de Youtube con un pulgar arriba de color verde y otro hacia abajo de color rojo, me asusta la misma arbitrariedad impía con la que el César condonaba o sentenciaba una vida, mientras se rascaba el trasero y mascaba granos de uva.

¿Has visto ‘Gladiator’?, ¿la escena de Joaquin Phoenix levantando el pulgar para perdonarle la vida a Russell Crowe? 1.500 años después del Imperio Romano, estamos en el epicentro de un revival decapitador.

¿Hay que comprar un coche? «Click»… ¿Es bueno? «Click»… ¿Es feo? «Click»… Un pulgar abajo en alguna revista y por efecto mariposa todo se mete en un acelerador de partículas, se descompone en átomos y no queda nada.

El trabajo de años embarcado en buques mercantes camino de otro país, a ver si ahí hay más suerte. El trabajo de ingenieros, diseñadores, personal de planta, comerciales y proveedores. «Click»…


David pasó a recogerme esta mañana con el Trax, algo taciturno. No he entendido cuál era el intrincadísimo problema que había con el sistema informático de la revista, pero tenía que ser serio, su móvil gimoteaba como un bebé pidiendo teta.

Él conducía peregrinamente por el tráfico gelatinoso de la ciudad, ensimismado; David siempre se preocupa demasiado. Los electroshocks del Start&Stop con el enjambre de semáforos no le quitaban la cara nublada… Media hora así, viéndolo todo desde más arriba como se ve en los SUV, pero rateando por carriles y pasajes con el pragmatismo de esta horda de utilitarios campestres. «Bueno, ¿qué dices?», me pregunta. «La sentencia del César», le contesto, «¿Pulgares arriba o pulgares abajo?»

Ya que era la versión con tracción integral y la noche pasada había estado lloviendo como si Noé –barbudo y digno– fuera a pasar por delante de mi ventana en una Zodiac llena de bichos, lo mejor que podíamos hacer para olvidarnos de los contratiempos informáticos era llevar el Trax a la montaña.

Secretamente tenía la intención de reafirmar y enraizar más mi prejuicio sobre estos mini SUV sacados de la chistera, arengar debajo de un pino que fuera de la urbe son todavía más inútiles que el Volkswagen Beetle Dune. Y quería que nos quedáramos patinando en algún lodazal, apeándonos del coche para empujarlo y salir de allí con barro hasta los sobacos.

MyLink

David estaba menos apocado cuando empezamos a escalar por una carretera secundaria y tuvo que concentrarse más en el volante; los árboles tapando el cielo para que se conservasen los charcos en el asfalto. Los asientos de cuero y tela eran cómodos y la suspensión se sentía agradable en badenes y desconches del carril.

Haciendo de copiloto, y viendo que mi cuerpo no iba sacudiéndose una y otra vez contra el cristal de mi puerta o contra David porque el coche no bamboleaba en las curvas silvestres, explorar en el MyLink me enganchó enseguida; no deja de ser primo hermano del IntelliLink de Opel.

7 pulgadas táctiles a todo color son harto suficientes para rellenar con estilo aparente la consola central. El emparejamiento con el smartphone es sencillo y puedes poner en la pantalla cualquier foto, vídeo o escuchar cualquier canción que tengas en la memoria del aparato. Los que usan iPhone se benefician de mayores comodidades porque responde a las órdenes por voz del Siri y no hay que tocar nada.

Otra ventaja es que hay aplicaciones que te puedes descargar para el teléfono que luego te son útiles en el coche, como la ‘BrinGo’: usa el GPS del terminal y una cartografía que te cuesta 50€, pero que te quita de consumir megas. Las otras aplicaciones para radio y ‘podcasts’ por streaming también complacen a los que gustan de hacer el maníaco zapping auditivo, y son gratis. Pero en éstas sí que se van comiendo datos, 3G, 4G o lo que sea, y si no hay cobertura porque estás donde Cristo perdió las sandalias, poco rédito les puedes sacar.

De todas formas me pareció justo que hubiera alternativas: navegador clásico, navegador puro de smartphone o el navegador medio híbrido del MyLink.

Lo que me deleitó fue la cámara trasera que se activa en la pantalla cuando engranas marcha atrás. Era de serie y e igual de eficiente en las maniobras comprometidas que el que se baja del coche y –en adusta mímica de guardia municipal– empieza con el «dale… Más… Derecha… Para… Izquierda, sí… Ya, frena, que le das, que le das…»

Dentro

Me miraba el coche y no podía parar de pensar en que era un Corsa más alto y más cómodo, lo mismo que el Mokka. Y como a fe que me encuentro bien en cualquier Opel y soy bastante práctico y de buen conformar, en el Trax me hubiera ido hasta Finisterre sin poner pegas. Pero en los utilitarios, en la parte de atrás, siempre estarán mejor dos personas que tres. Los homologan para cinco pasajeros. De acuerdo, pero no embutas tres jugadores de waterpolo durante cuatro horas porque los hernias.

Luego me puse a rebuscar huecos porta objetos, ya que es otro de los usuales pavoneos de los mini SUV. Tres guanteras en el salpicadero, cajones debajo de los asientos… Cuando llevaba contados diez e incluso me había topado con un enchufe de 220 V como los de casa para conectar una neverita o un ordenador portátil, me cansé de seguir investigando y concluí que tantos refinamientos ya eran suficientes para mí.

El maletero también lo encontré competente para mis necesidades, porque cuatro maletas de clase “me voy al pueblo un mes y medio” caben sin jugar al Tetris y no hay trampa de kit antipinchazos: en el sótano hay una rueda de repuesto.

Caballos

Ya completamente perdidos en lo más agreste del Vallés Occidental, un desvío de tierra asomaba discretamente en la carretera. Lo vi de pura casualidad, no había indicación alguna. «Ahí, métete ahí». Resultó un tramo angosto y corto hasta un claro enorme dentro del bosque, donde los jinetes de una hípica próxima ejercitan a los animales.


Topamos con el sitio por capricho de los astros. Estaba desierto: demasiada agua y barro. Y a los propietarios de caballos no les gusta arriesgarse a que el animal dé un traspié y termine en el veterinario. «Perfecto», sentenció David palmeando el salpicadero y hablándole al coche, «hierba mojada, fango, charcales y boñigas ecuestres por doquier. A ver qué haces ahora».

Aún con el modo ECO conectado y sin toda la potencia del propulsor, aún calzando ruedas convencionales, el coche subía y bajaba y se ladeaba y pirueteaba por todo el prado. Yo esperaba el momento fatídico, el atoramiento, el motor calado y que el Trax se rindiera a las circunstancias de la madre naturaleza, pero no había manera.

Le pedí que me dejara apearme para verlo desde fuera y descubrir qué narices estaba haciendo el AWD con el reparto de tracción para que el Trax fuera tan testarudo. Me rendí yo, porque a más que David se ensañara con él, más cosas diferentes pergeñaba la electrónica del Trax con cada una de las cuatro ruedas para seguir moviéndose indolente.

Tuve que rectificar un poco mi prejuicio por fuerza. En honor a lo veraz, a partir de ahora tendré que asumir que si un mini SUV dispone de tracción integral y recorrido suficiente en las suspensiones, sí que se puede hacer algo de alpinismo amateur.

La Isla de las Tías Buenas

En aquel Dakota del Sur formato ibérico tuve la epifanía absurda de rendirle un sentido homenaje a Helmut Newton con sus fotos para el Calendario Pirelli 2014. «Blanco y negro, blanco y negro», vociferaba mientras corría hasta donde David había parado el coche. «Quiero hacer las fotos en blanco y negro». David ya sabe a estas alturas que el riego sanguíneo a veces no me llega con presión suficiente a la cabeza.

Lamentablemente no teníamos ni los coches de Helmut Newton ni las modelos, porque él las traía de la Isla de las Tías Buenas, una isla que está justo al lado de la que sale en la serie de ‘Perdidos’ (‘Lost’), y que está en algún lugar cerca de la Polinesia. Pero se llevó el secreto de su ubicación a la tumba, así que nosotros sólo disponíamos de heces equinas y un coche que no sé si es bonito o feo.

Para mí, las formas del Trax son amables y no tienen ninguna ampulosidad. Ni quiere ser agresivo, ni deportivo, ni cazador o militar. Ahí están las fotos. Tampoco creo que nadie lo ideara en un arrebato de sentirse como Roberto Cavalli para subirlo en las pasarelas de la Semana de la Moda en Milán.

El coche no traía ni molduras de puertas, ni kits portabicis o baúles en el techo, ni cortinillas, ni ornatos redundantes como los seguros de las puertas cromados, ni estriberas laterales, ni llantas de 18 pulgadas…

Tampoco ninguno de los seis juegos de vinilos para engalanar la carrocería, ni los asientos calefactables, ni el techo solar eléctrico, ni el climatizador, ni el DVD trasero, ni el soporte para tablets, ni era de ninguno de los 10 colores personalizables. No incluía el sensor de aparcamiento con señales auditivas, o el sistema de navegación Garmin, o las rejillas para separar la carga, o la de llevar mascotas.

Todas esas opciones están para maquillar cuanto se antoje el coche a quienes les pueda el ansia de ser los más apuestos de la comarca y estrenar alguna fruslería de ropa cada semana; ‘forever young’, aunque haya que comer sopas precocinadas de supermercado porque el bolsillo no da para todo.

No tengo nada en contra de las pulsiones estéticas de cada uno y no sería tan estúpido como para autorizarme y darme el derecho a juzgar el estilo de vida de nadie. Pero el Trax que le habían cedido a David era sencillamente el acabado LT, que es el tope de la gama, y que con eso basta para alguien como yo que sólo puedo mantener un vehículo. Y que, otra vez, ahí están las fotos: me dan la impresión de que la carrocería ya se muestra tal y como es, con poco sabor, discreta, desacomplejada y sin filosofías visionarias.

Abreviando, nunca diría que el Trax es el mini SUV más horrendo del mercado y si tuviera contradecir a alguien que lo odiase, aduciría que con siluetas así de atemporales un coche tiene una oportunidad de sobrevivir más tiempo en los concesionarios.

Tú, yo, y los demás

En pleno delirio Helmut Newton con la cámara, y chapoteando en el barrizal con tropezones de abono caballar, la pregunta de los pulgares del César seguía en pie. Dentro de la caterva de mini SUV que se ha formado en apenas tres años, si ya tenía claro que su aspecto para mí no contaba, cuál es la razón que podría justificar la compra de un Trax antes que un Juke, un Captur, un 2008, un Escape, etc,.

Los argumentos más clínicos y fríos llegaron solos. Todos los coches se construyen bien hoy por hoy. Al menos durante los tres primeros años de vida, son todos unos productos igual de consistentes.

Acabados mullidos o duros, sencillez o sofisticación. En ambos polos, las marcas tienen estándares exigentes. La defensa del abogado del Trax dirá en el juicio que merece la libertad y quedar exento de deshonor por la relación producto-precio. Son 23.308€ por un vehículo de 130 CV diesel y tracción total.

Aquel coche tenía todo el equipamiento necesario para que un conductor, a los pocos meses de conocerlo, se encariñe con él. De hecho, de la inagotable fuente de extras opcionales, únicamente se concedía la indulgencia de unos faros antiniebla (226€), unas láminas de aluminio con el nombre de Chevrolet grabado a los pies de las puertas (95€) y un porta gafas de sol (48€).

Las “alfombrillas premium” (88€) me dieron más problemas que gozos. Es de perogrullo que si te vas al monte lo mejor son las de goma, que son más baratas y con un chorro de agua se quedan nuevas. David se estuvo riendo todo el viaje de vuelta, porque se me habían adherido tantos restos biológicos en las bambas que tuve que pasarme descalzo lo que quedaba del día.


Una vez en casa, en la medida en que la liebre que tira de los galgos dentro de este nicho es el Juke, me puse a configurar uno en internet con idéntico equipamiento. El Nissan cuesta 25.787€, es decir, 2.500€ más.

Y estoy de acuerdo en que es un coche japonés, mejor acabado, más esbelto, con menos consumo y de fiabilidad inapelable. Pero sólo tiene tracción delantera, 30 CV menos, es más bajo y ninguna programación milagrosa del ESP le hubiera hecho llegar ni a la mitad del prado de los caballos.

Para tener un Juke 4X4 hay que apuntar al gasolina 190 CV Turbo y cambio automático; estamos hablando de 29.060€. Una máquina a la que nadie trataría con acritud, pero que está fuera de la Vía Láctea en precio de coste y de mantenimiento.

Busqué otro ejemplo en el Renault Captur con similar resultado económico, salvo que el francés directamente no dispone de ninguna versión con cuatro ruedas motrices. Con el hermano del Chevrolet Trax, el Opel Mokka, procedí de igual manera. Pero aparté de mi materia gris los números, porque es como preguntarle a un padre con dos gemelos si quiere más a uno que a otro.

Seguro que sí, pero no te lo dirá nunca, y se columpiará entre muletillas… “Los quiero igual, pero cada uno es diferente a su manera…” Ése sería un eufemismo para expresar que el Mokka sale peor parado en tema de cuotas mensuales a pagar y mi forma de volver al inicio. Quien tenga que establecer una relación sentimental duradera y plena con el Trax lo hará por lo que le ofrece, al precio que se lo ofrece.

De noche

Al punto que yo me había puesto a conducir, todos estos sofismas encajaban. El motor 1.7 litros 130 CV es el mismo CDTI que te encuentras en el Mokka o en el Astra. ¿Hacía ruido? Sí ¿Vibraba? Pues claro: es un diesel en un coche de franja media ¿Recuperaba velocidad con presteza y tenía una suavidad cabal? Eso es una pregunta retórica, porque es un propulsor multiusos. El nuevo diesel 1.6 CDTI que acabará reemplazando a este 1.7 y al 2.0 CDTI ahora sólo está en la Zafira Tourer, con sólo 6 CV más.

De hecho, lo que viene a continuación en los motores 1.6 CDTI diesel de Opel no es un salto continental de prestaciones o consumo, que siempre van a estar rondando entre los seis y los siete litros de gasto mixto en cualquiera de los coches. Más bien el empeño está enfocado hacia menores emisiones. A título personal, siempre eligiría el Trax gasolina.

Así que por la noche, lo que me quedaba en el cráneo al final era la noción muy nítida de no haberme sentido inseguro sobre el chasis, ni en la montaña ni en la autopista. Que las marchas engranaron siempre correctamente sin que me saltara a la sexta queriendo poner la cuarta. Que no le había contestado a David si fusilaba al Trax o le salvaba la vida.

Pues si tuviera que ser así de despótico a la hora de valorar un coche que voy a usar para todo y que voy a poder costear en mis circunstancias financieras, yo levantaría el pulgar hacia arriba.

Una brújula. Una brújula que había en el peculiar cuadro de mandos con tacómetro analógico y velocímetro digital. Una brújula… Fue la última imagen que recuerdo antes de quedarme dormido.


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