
Cuando los fabricantes se sientan a pensar, es muy importante que se acuñe un palabro de un inglés macarrónico y que se entremezclen mayúsculas con minúsculas en todo lo que salga de la reunión.
Tenemos al que vende unas algas que curan el cáncer en dos días y te dan la vida eterna, al que imparte un curso para que tu teléfono móvil gane dinero por ti mientras duermes, al que anuncia la llegada de un programa informático que permitirá que despidas a toda la plantilla y el trabajo de la empresa salga a chorrones… Son las panaceas; habían caído en el olvido a finales del siglo XVIII y regresan con un ejército de apóstoles que gritan con un estruendo horrísono. Todo el gremio de los saludadores y milagreros abogan por un discurso huero y risible, y están ahí, remetidos en cualquier rincón de una pantalla a todas horas como los vendedores de filtros mágicos, los taumaturgos, los alquimistas y los echadores de cartas se paseaban por los mercados municipales siglos antes de la invención de la bombilla. La estupidez es, posiblemente, el negocio más lucrativo y más antiguo.
Panaceas automovilísticas ya hemos visto unas cuantas, sobre todo los que estamos más historiados y acumulamos mucha trastienda. ¿Alguien sabe lo que es una jitánfora?. ¿Alguien se acuerda de una cancioncilla que se podría usar como método de tortura y que repetía «aserejé»?. ¿O del «obla-di-obla-da» de los Beatles? Pues eso es una jitánfora; una concatenación de letras, o de letras
mezcladas con números, que no significa absolutamente nada. Lo importante de la jitánfora es la vistosidad de sus grafías y su resonancia. La jitánfora es un espejismo lingüístico; parece que ahí hay algo, pero no hay nada. «Aserejé» no significa nada, «obla-di-obla-da» tampoco.
Los de Renault han señoreado la técnica. Tuvieron su «JASP», luego su «Renaulution» y ahora su «FutuREady». Las últimas semanas hemos recibido epístolas larguísimas, con una jitánfora por título y bien empaquetadas de panaceas.
«Sigue siendo significativo…»
Los de Stellantis prometen una plataforma milagrosa y el lanzamiento de mil millones de modelos cada semana, inclusive el retorno del 2 Caballos; los de Ford más o menos igual. ¡El remedio a todos los males sólo en cinco años!. Entre la hojarasca que nos remiten, por supuesto aparecen los términos «multienergía», «conectividad», «sostenible», «eficiencia», etc. Palabras que dentro de la charca de ranas presente han vaciado su semántica y quedan igual de jitánfóricas que «aserejé». Y luego hay las que directamente se emplean de forma errónea una y otra vez, como «significativo», o el engarfiamiento de dos verbos que más se ha enraizado en la comunicación social: «sigue siendo». Cada vez que oigo o leo el «sigue siendo significativo», tengo el mismo sentimiento que cuando veo las aceras de mi barrio alfombradas con las deposiciones de cánidos que sus dueños olvidaron recoger.

Los planes estratégicos a cinco años tienen la misma validez que los elixires del amor. La panacea promete, nunca sustancia nada que sea de mérito. También se puede leer en los dosiers de Stellantis y Ford la buena dosis de inglés de postín, ése que se escribe juntando las palabras. «STLABrain», «AutoDrive», «SmartCockpit», «UpTime Ford Pro», «Build-Thrill-Adventure», obla-di-obla-da, aserejé, porompompóm porompompero… Eeehhh Macarena aaaahh.
En el sentido más lato de la expresión ‘comunicación social’, que incluye desde la conversación en la cola de una pescadería hasta un vídeo de un sujeto que se graba con su móvil y da una serie de explicaciones sobre las mejores inversiones financieras, pasando por la publicidad del refresco del verano y la sección política de un rotativo; en esta acepción amplísima, como decimos, de lo que es la expansión de un mensaje dentro de un grupo social, lo que más vértigo produce es asomarse a la estupidez del uso del lenguaje y el autobombo.
El cambio más radical en el pensamiento humano que se ha producido al brincar del siglo XX al XXI es la ostentación de la ignorancia, algo que antes cada uno tratábamos de llevar con discreción y que hoy tendemos al sol, bien a la vista del vecindario, como las sábanas que acabamos de lavar. El orgullo del estúpido es seguramente un cambio de status quo con mayores consecuencias en nuestras vidas que la invención de la rueda o de la penicilina.

Basta ya de panaceas y melonadas, por favor. Que alguien ponga un coche en un concesionario que no pese dos mil kilos, que no deba amarrarse a un enchufe a los doscientos kilómetros, que no se beba nueve litros en cien kilómetros de carretera, que no mida cinco metros de largo y, aquí está la yema del huevo, que se mueva entre los 12.000 y los 15.000 euros y además que luego no cueste 1.200 euros cambiarle un retrovisor o un faro. Entonces creeremos en los planes quinquenales.