Detroit: Auge y caída de la ciudad del motor

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Los enmohecidos bloques unifamiliares y las chimeneas con hollín de Detroit son hoy un amasijo de “muelas picadas” que hablan de una memorable época ya pasada. La ciudad que cumplía con todos los requisitos del sueño americano en la década de los años 50, pasó de cobijar a una población de 2 millones de habitantes a sólo 700.000 hoy en día; un deplorable peaje que comenzó con la famosa suspensión de pagos de 2009. Hagamos un repaso a la evolución y caída de esta ciudad del motor

Hoy, el sonido “motown” ya no alcanza todas las esquinas de Míchigan. El abandono, la delincuencia y el paro reinan a sus anchas en una ciudad que fue como el Rey Midas americano. El sueño es hoy una pesadilla y su decadencia parece imparable. Los Ángeles continúa siendo la meca del cine, Silicon Valley es la cuna de las TIC y New York es una amplia pasarela de moda, ¿dónde ha ido a parar la ciudad del motor?

La ascensión de Detroit

Se puede ver aquí, ya que es imposible hacer en una ciudad más variada y compleja, toda la estructura de la sociedad industrial“. Así escribió el ensayista Edmund Wilson, al comenzar su informe sobre la visita a Detroit en la década de 1930. Como capital de la industria del automóvil, la ciudad se había transformado por entonces en un símbolo mundial de la modernidad y del poder del capitalismo estadounidense.


A mediados del siglo XIX, Detroit pasó de ser una ciudad de segunda clase a ser el imponente hogar de producción para las estufas, cigarros, productos farmacéuticos e incluso alimentos. No obstante, la ciudad tenía muchas más ventajas para la fabricación de automóviles. En un enclave idóneo, Detroit reside en el corazón de la región de los Grandes Lagos, cerca de los viejos focos explotadores de carbón, hierro y minería del cobre. Aun así, a pesar de ser muy accesible por agua y por tierra, no fue una gran metrópoli. Eso cambió cuando Henry Ford fundó la Ford Motor Company en 1903, la cual llevó a Detroit a ser la decimotercera ciudad más grande del país.

Sólo un puñado de fabricantes de automóviles como Chrysler, General Motors, Packard y Ford sobrevivieron a la evolución tecnológica y de gestión que adoptaron las industrias por aquella época. Sin duda, la empresa más avanzada de todas fue Ford, con una línea de montaje que sería la envidia mundial para la producción masiva de vehículos. Sus programas de servicios sociales conseguían “americanizar” a los trabajadores inmigrantes (incluyendo una ceremonia de graduación, donde los obreros entraban en masa ataviados con su bandera nacional y después salían vestidos como auténticos “americanos”). Así, Ford era todo un referente para el bienestar del capitalismo. Los analistas de negocio acuñaron el término “fordismo” a la contribución distintiva que hizo Detroit a la tecnología avanzada y la forma de trabajo 100% productiva.


A mediados del siglo XX, uno de cada seis estadounidenses con empleo llegaba a trabajar directa o indirectamente para la industria del automóvil, siendo Detroit su incombustible epicentro.

El llamado ‘Big Three’, General Motors, Ford y Chrysler, se adueñaron por entonces de todo el área metropolitana de Detroit, donde 125 empresas del automóvil vieron como aquella escoba industrial barría encima de sus negocios. La industria del automóvil consumía grandes cantidades de acero, vidrio, cobre, y (más tarde) de plástico, lo que alimentó el surgimiento de nuevos polígonos industriales en los aledaños de la ciudad. Es más, la dependencia de la industria automotriz para ciudades como Toledo (Ohio) y Flint (en Míchigan) hizo famosa una frase célebre: “Cuando Detroit se resfría, todo el Medio Oeste coge neumonía.”

Y ahora te estarás preguntando; ¿Por qué estas 3 grandes empresas automovilísticas se han desarrollado en la misma ciudad? A comienzos del Siglo XX, no fueron los únicos emprendedores que apostaron por comercializar el automóvil, pero sí llegaron más lejos que nadie. ¿Por qué? La clave está en los carromatos.


La costa de Detroit posee un puerto estratégicamente localizado en el estrecho de los grandes lagos. A comienzos del siglo XX, comerciantes de todos los rincones de Canadá y Estados Unidos acudían a Detroit a comprar y vender sus productos. Obviamente, aquellos visitantes que venían por tierra lo hacían en carromatos, por lo que la ciudad necesitaba talleres no sólo reparación, sino de fabricación de los mismos. Los pedidos del modelo T iban en aumento, pero no suponía ningún problema para Ford, ya que contaba con la cadena de montaje más avanzada de EE.UU, los mejores mecánicos y con una comunidad más que vinculada a la explotación de hierro (algo indispensable para la fabricación de piezas como ejes, cigüeñales, bastidores, bielas, etc.).

Ford atesoraba lo mejor de lo mejor, había creado miles de empleos y levantado una nueva ciudad de la nada. Como bien sabemos, James Watt mejoró la máquina de vapor de Newcomen, que a su vez había mejorado la de Savery, y así sucesivamente hasta llegar a la máquina de vapor de Herón de Alejandría en el antiguo Egipto. Lo mismo sucedió a Ford. Cuando algunos personajes bien conocidos como los hermanos Dodge, Louis Chevrolet o William Durant conocieron los resultados de la famosa cadena de montaje de Ford, no tardaron en mudarse a Detroit para aprovechar el impulso e imitar (incluso mejorar) su método de fabricación de automóviles.

La caída de un coloso


Cuantos más vehículos se vendían, más talleres se necesitaban. A más talleres, más empleo vinculado (como proveedores) y más infraestructura de comunicaciones. Más y más empleo, eso era Detroit. Conociendo tales datos, se hace imposible pensar que hoy en día el abandono y el desorden haya consumido tantas estaciones de tren, aulas, hoteles, teatros, polígonos industriales, bibliotecas, etc. Todo parece una calavera de Hamlet con más huecos que dientes, un gran armazón de metal y cemento condenado a la herrumbre.

La crisis económica fue un machetazo económico para Detroit, de ahí su hundimiento, pero las razones de su caída en plomo son muchas más; la clase media descubrió en mediados de los 90 las ventajas de los vehículos ‘Made in Japan’, mientras los más acaudalados apostaban por automóviles europeos. Eso hizo que General Motors y Chrysler viviesen la historia del Titanic.


Así son las cosas ahora. No es coincidencia que, después de tantas décadas de abastecimiento económico, ahora los ciudadanos más ricos posean el 21% del patrimonio nacional, cuando hace 40 años, sólo el 1% de los estadounidenses poseía el 8% de la riqueza del país. Así es, los millonarios son cada vez más ricos y las familias humildes son cada vez más pobres en Estados Unidos.

En 2013, cuando el ayuntamiento de Detroit cayó en la bancarrota sólo 4 años después de General Motors, la calidad de los servicios municipales se desquebrajó tanto que los habitantes de Detroit debían esperar 58 minutos antes de la llegada de la policía después de una llamada por una emergencia. Cabe destacar que la media nacional es de 11 minutos. En pleno 2015, Detroit lucha como un viejo púgil para estar de nuevo en la órbita de la industria americana, aunque aún le queda muchos combates que resolver.

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